jueves, 1 de julio de 2010

Salvar vidas


Siendo Christiaan Barnard una figura mediática conocida en todo el mundo por sus transplantes cardiacos, fue sorprendido por los elogios de una estudiante de Medicina, a la salida de un congreso:
-. ¡Es un honor para mí conocer a un hombre que ha salvado tantas vidas!
-. No señorita, siento contradecirla, pero yo no creo haber salvado ninguna.
-. ¡Pero bueno!... ¿Cómo puede Ud. decir eso?
-. Aunque... Ahora que lo pienso: ¡Sí, sí, en realidad sí que he salvado una vida!
-. ¿¿¿...???
-. Verá Ud., señorita, hace de esto muchos años:

...Yo era entonces estudiante como Ud., y acudí a una aldea de montaña, en Sudáfrica, para atender a un anciano patriarca tribal...

Tras examinar al paciente comprendí que sufría una grave neumonía y que no contaba con muchas posibilidades de salir airoso...
-. ¿Quiere Ud. que sacrifiquemos a la cabra? -preguntaron sus familiares- (Era un ritual común el de cubrir la zona enferma -en este caso el pecho- con las entrañas de este animal, con la finalidad de sanar)...
-. No, no, esperemos un poco más, veamos como responde al tratamiento que acabo de administrarle...

Pasaron unas horas y el enfermo no parecía mejorar, a pesar de mis desvelos...
-. Doctor..., ¿La cabra...?
-. No, aún no, tengamos paciencia.

Con el alba la temperatura del paciente empezó a bajar considerablemente; mejoró la diuresis, así como su gravedad.

Poco después me despedí de aquella familia. Al salir de la cabaña pude ver, a la luz de los primeros rayos de sol, a una cabra atada a la empalizada.
La miré fijamente y exclamé:
 "Cabrita... ¡Te he salvado la vida!"


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