martes, 6 de julio de 2010

El irrespetuoso estrés

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Anselmo es un paciente de 87 años. Ha acudido hoy al Centro de Salud en el que me encuentro en calidad de Médico de Refuerzos, para recabar la medicación crónica con la que sortear el verano que con toda probabilidad pasará fuera, en casa de alguno de sus hijos.

Su andar es lento e inseguro, es el que cabe esperar de tanta madurez, por lo que no resultará de extrañar que acabase mediando el espacio con el que definimos el vuelo de un ángel, desde la salida del paciente anterior hasta su definitiva llegada a la consulta.

Desespera su paso por la sala de espera...

-. Buenas tardes... Dígame, ¿En qué puedo ayudarle?
-. ¡En lo que a Ud. se le ofrezca!
-. Por favor, Anselmo, tome asiento y digame: ¿Qué necesita Ud.?
-. Muchas gracias, Doctor... 
-. ...

Anselmo extrae -sin prisas- una bolsa blanca venida a gris del bolsillo de su pantalón. Temblorosamente se dispone a abrirla deshaciendo el nudo de su parte superior.

-. ... Ud. dirá,...
-. Doctor, quería... Quería... Si Ud. me hace el favor de recetarme mis medicinas...

Acaba triunfal y finalmente de abrir su bolsa, que se revela atiborrada con las solapas, del cartonaje de docenas de medicamentos.

-. Pero... ¿Cuales necesita realmente?- (Observo que todos vienen triplicados, cuando no cuadruplicados).
-. ¿...?
-. A ver, permítame que le ayude... ¿Éste?
-. No, ese creo que ya no lo tomo.
-. Éste otro?
-. Sí, si, ese sí... Por favor, ¿Me hace dos recetas?
-. ¿Y éste?
-. No, ese lo toma mi mujer

Tras poner un poco de orden en la medicación de nuestro Anselmo, tras entregarle un lote de recetas tal que requeriría -cuantificando ecológicamente- la pasta de celulosa de media Selva Amazónica, se dispone a cerrar  lenta y nuevamente su "botiquín".

-. Por favor, acabe Ud. de anudarlo fuera, en la sala de espera; hoy tengo muchos pacientes y vamos muy mal de tiempo.

Él no pareció oirlo pero en un gesto casi automático, nada más escucharme decir esto me mordí la lengua, sentí aquél comentario como una daga de desafortunada irrespetuosidad... 

¿Qué culpa tenía el buen anciano de que ese día, como tantos otros, se acumulasen unos 60 pacientes que atender y más de una hora de retraso?. ¿Era justo hacerle pagar la mala gestión que supone cubrir con un médico la ausencia de tres, o mi consiguiente mal humor?

Quisiera que algún día te leyesen esto, Anselmo, ó que cuando menos te lo contasen, porque contigo he repasado la lección: aún en desproporción, he de ser paciente con los pacientes...

Y no solamente quiero pedirte perdón... ¡También quiero darte las gracias!



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