domingo, 18 de julio de 2010

Me duermo de la risa

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Hay pacientes que te sacuden lo cotidiano, que te alivian del peso de la rutina del día a día. Algunos lo consiguen por su simpatía natural, otros por una cuestión de compartida sintonía o afinidad. Tristemente también los hay que, poseedores de un diagnóstico menos habitual, agudizan extraordinariamente tu atención.

Uno de ellos es Miguel. Miguel padece narcolepsia, cuando menos desde su adolescencia. A pesar de ser un cuadro de los que se describen como relativamente fáciles de detectar, fue dando tumbos de consulta en consulta durante una docena de años y hasta conseguir no sólamente la cuadratura de un diagnóstico, también -y quizá esto fuera más importante para él- la descarga de una cierta culpabilidad con la que hasta entonces muchos de los componentes de su entorno se explicaron las rarezas de su comportamiento.

¿Qué le ocurría?, os preguntaréis... Pues simplemente: resultaba excesivamente serio, no le gustaban los chistes, ni tampoco las bromas; sorprendía a propios y extraños abandonando la sala cuando alguien se arrancaba con una sucesión de comentarios jocosos...

¿Y por qué lo hacía?: la risa y otras emociones súbitas le originaban una cataplejía (caída brusca por pérdida del tono muscular) y un sueño profundo que le catapultaban hacia el rol del hazmereir, del tontuelo e irresponsablemente despistado. Por estas obvias razones Miguel acabó agriando el carácter, desterrando la alegría y sumiéndose en una especie de triste anestesia emocional.

Sus noches no eran reparadoras, se las pasaba comiendo, lo que contribuyó a un sobrepeso que tampoco resultó de gran ayuda para su aprobación social y consiguiente autoestima.

Indagando en su historia familiar, asunto trascendente cuando se trata de una enfermedad que -como la narcolepsia- a menudo tiene un componente hereditario, se descubren anécdotas como la de que su abuelo -de todos era sabido en el pueblo- solía hacer el trayecto de su casa a la finca, de la finca a su casa, dormido a lomos de una mula que conocía perfectamente el camino...

Afortunadamente hoy, gracias al tratamiento, Miguel controla perfectamente su enfermedad.



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