viernes, 8 de mayo de 2026

La vanvera

 


Cuentan de Camilo José Cela que en una ocasión coincidió en un ascensor con una dama. Durante el viaje vertical, en el que predominó un silencio de campo de grillos, tal y como viene siendo habitual en tales circunstancias: los dos usuarios evitaron cruzar las miradas, disimulando, con la contemplación del techo de la cabina…

De una manera lenta, aunque segura y manifiesta, comenzó a percibirse un olor infernal, propio del desahogo de una flora intestinal…
-. ¿Ha sido Ud.?- le preguntó la mujer a don Camilo, mientras se llevaba la mano a la nariz, en un intento de evitar la desagradable experiencia...
-. ¡Yo no!, respondió Cela - ¿y Ud.?
-. ¡¡¡¡Yo tampoco!!!!
-. Entonces... ¿Para qué pregunta, señora?

Los pedos, cuescos, ventosidades o como quiera que se prefiera llamarles, de entre las no pocas posibilidades que ofrece nuestro diccionario, siempre resultan inconvenientes al suponer el desgarro de un siete en nuestra etiqueta, de ahí que se ideasen cosas como la vanvera, de la que hoy hablamos…

Y díganme... Alguno de Uds., los que me leen, escuchó hablar alguna vez de las vanveras?

Se trata de objetos que llegaron a usarse tan discreta como localmente, en la época de la fastuosa Venecia... Analizándolos hoy, desde nuestra perspectiva, resultan ser tan extraños que más parecen broma que realidad, cuando menos hasta que se entiende el contexto geográfico e histórico en que surgió la necesidad de pensarlas.

Su función era tan simple como absurda: la de permitir que una persona disimulara sus gases en público, sin perder la compostura. En una sociedad cimentada con la obsesión por la elegancia, los modales y las apariencias, incluso el cuerpo tenía que comportarse como si formase parte del protocolo.

La vanvera fue creada para conseguir cosas tan banales como el salvar una cena, una visita elegante o una noche incómoda.

Existieron, ¿Cómo no?, distintos tipos de vanveras:
1.- La de paseo, que se llevaba oculta bajo la ropa. Tenía una pieza ajustada al cuerpo, un pequeño conducto y una bolsa donde se retenían los gases hasta el momento de poder liberarlos en privado. La idea era evitar sonidos, olores y, sobre todo, la humillación social.

2.- También existió una versión de dormitorio, la cual, en lugar de guardar los gases, los conducía por un tubo hacia la ventana o hacia otra parte de la habitación, casi como un aire acondicionado.

Era una solución íntima para matrimonios recientes, noches de banquete o momentos en los que la confianza todavía no alcanzaba para aceptar con naturalidad las funciones más humanas y fisiológicas .

Lo curioso no es solo el invento. Es lo que revela: la vanvera nos habla de una época en la que la apariencia valía tanto, que incluso lo inevitable debía esconderse. Por eso este objeto resulta tan fascinante, porque viene a ilustrar el cómo somos capaces de despojarnos de nuestra corporalidad, por parecernos indigna o vergonzante…


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