martes, 6 de julio de 2010

El vicio de la doble moral

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Esta instantánea, tomada en el casco antiguo de Gijón, dice mucho más de lo que en un primer y superficial vistazo se pudiera extraer...

Porque hay miradas que dicen mucho, que casi lo dicen todo: en esta se lee la intolerancia, la censura social y personal; el cuidado, el miedo o respeto...  

Para consuelo de quien mira, no es el suyo un sentir original: los seguidores de Dionisios siempre despertaron recelos. Ya en la antigua Roma, la República se cuidaba muy mucho de los adscritos al culto a este nuevo dios quién, en excelente acogida, se había dado a conocer demasiado rápidamente. Se estima que fueron ejecutadas más de 7.000 personas, por el solo pecado de frecuentar bacanales...

Hay otras miradas -como la del paria de la foto- en las que está escrita la inocencia, la incapacidad, el victimismo de quien ha tocado fondo sin haber sabido evitarlo, aún a pesar de haber forzado numerosas veces el motor de su empeño.

Seamos justos: ¿Qué borracho no ha querido dejar de serlo cada mañana?. ¿Acaso alguno de ellos no se cansó, muchas veces, de arrastrar su vergüenza de bar en bar, de babearla u orinarla en cada esquina?... Una y otra vez, y cada vez, el círculo vicioso de la adicción, con la devastadora y absorbente intensidad de un remolino, los devolvió al vértigo de no poder entender otra salida que la de ahogarla en alcohol.

En los últimos años proliferaron las demandas civiles contra las multinacionales del tabaco y otras drogas oficiales, por parte de inocentes que vieron consumirse sus vidas con su consumo. Sin pretender aliviar en un solo ápice la culpabilidad de los responsables de los distintos departamentos de Marketing de estas macroempresas, que la tienen, confieso echar de menos a demasiada gente compartiendo con ellos el banquillo de los acusados: al fin y al cabo son la permisividad y el interés lucrativo y recaudador de un Estado, cómodo en su intencionada ceguera, los verdaderos culpables... Y si no, que alguien me explique como es posible que la producción agrícola de tabaco siga apoyándose con ayudas del fondo común europeo, en fechas en las que se pretende prohibir -incluso- la existencia de los espacios habilitados recientemente, en los locales de hostelería y para tal fin.

Cuentan las crónicas que a mediados del siglo XIV, y a medida que la Peste Negra se extendía por Europa, asolando y diezmando todas las ciudades que encontraba a su paso -se calcula que la epidemia se cobró la vida de unos 25 millones de europeos- los supervivientes en cada pueblo solían ser los borrachos, protegidos de la transmisión de la Yersinia Pestis por los taninos y demás antiinfecciosos presentes en el vino.

El cronista florentino M. Villani captó de forma magistral esa situación al decir que los que habían sobrevivido a la Peste Negra, en lugar de ser "mejores, más humildes, virtuosos y católicos... llevan una vida más escandalosa y más desordenada que antes. Pecan por glotonería, sólo buscan los festines, las tabernas y las delicias en la comida, se visten de formas extrañas, inhabituales e incluso deshonestas". Por su parte, Bocaccio, insistiendo en la misma idea, nos dice, en su "Decamerón", que muchos ciudadanos "pensaban que la plaga se curaba bebiendo, estando alegres, cantando y divirtiéndose, y satisfaciendo todos sus apetitos, por lo que pasaban el día y la noche de taberna en taberna bebiendo sin moderación y haciendo sólo lo que les agradaba hacer".

Amigos, cambiemos enseguida esta doble moral nuestra, antes de que Dionisios venga en defensa de sus acólitos, a castigarnos con una segunda plaga selectiva. En este sentido no deja de resultarme curioso el que determinados foros científicos traten de vincular al SIDA, nuestra epidemia contemporánea, con la Peste Negra de antaño; al parecer, y lo explican recurriendo a las posibles mutaciones que en su día produciría la Peste en el cromosoma CCR5; hoy existiría, en aquellos lugares en los que aquella resultó particularmente nociva, una especial resistencia a la propagación del VIH.


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