domingo, 29 de julio de 2012

Ni un boli, oiga!?

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Cuando era un chaval que apenas levantaba unos pocos palmos, estudiaba en la escuela elemental o primaria de una localidad cercana a París. Mis padres eran emigrantes, tal y como correspondió, corresponde y corresponderá a una buena parte de los españoles de cualesquiera de las épocas de nuestra historia, como si de un fatídico sino se tratase.

Recuerdo que el sistema de puntuación que por aquél entonces empleaban los franceses, cuando menos para esas edades, trataba de estimular sin tapujos la competitividad de sus alumnos por lo que, contando apenas con unos 5 o 6 años de edad, era calificado con notas mensuales, aunque se trataba de notas que no evaluaban los conocimientos en una escala de diez, sino el orden que por los mismos alcanzabas en el aula: así, podías ser el PRIMER alumno de la clase, el SEGUNDO, el TERCERO, etc...

Por supuesto que muy consciente de lo que  hacía, mi madre ahondaba en tales propósitos con la promesa de hacerme un regalo cada vez que obtuviese ese deseado primer puesto, un regalo que yo siempre materialicé en un "bolígrafo de mil colores", cuya integridad apenas soportaba las primeras horas de mi precipitada y descuidada manipulación.

He recordado todo esto porque el otro día, al bajar tras finalizar la consulta, me decían en la UNAD...:
-. Te han puesto una reclamación...
-. ¿Ah sí? Pero si no recuerdo que me sucediese nada extraño que la justifique...
-. No, no es eso: han pedido una hoja de reclamaciones, pero para manifestar el trato extraordinario que al parecer les has dispensado...
-. ¡Ah!... 

¿Pues que quieren que les diga?... Entenderán que con tal aprendizaje me indigne el tener que resignarme a ser calificado, a capricho, como si fuese un chiquillo, y sin que ello suponga recompensa alguna... ¡Ni un bolígrafo, oiga! (*)


* Tal y como están las cosas en estos momentos, en la Atención Primaria de nuestro Sistema Público de Salud, se puede afirmar que no se premia ni la calidad, como tampoco la cantidad de trabajo... Se trata de un sistema funcionarial, que en la práctica no alberga ni persigue pretensión alguna de estimular o de motivar al trabajador.



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