miércoles, 28 de enero de 2026

La pequeña gran familia

 


La historia de la Medicina tiene también sus páginas oscuras, como la que nos habla de los enanos de la familia Ovitz, una saga que mezcla arte, ciencia deshumanizada y una resistencia casi milagrosa. 

Artistas Los Ovitz fueron artistas antes que víctimas. Provenían  de Transilvania, la familia estaba encabezada por Shimshon Eizik Ovitz, un hombre de apenas 90 centímetros de estatura pero con un enorme talento artístico.  

Tuvo diez hijos con dos mujeres distintas; siete de ellos vinieron al mundo víctimas de la acondroplasia, un tipo de enanismo que afecta mayoritariamente a los miembros (brazos y piernas), llevando a importantes deformidades. Los siete acondroplásicos formaron una compañía artística llamada “La Lilliput Troupe”, que recorría Europa con sus actuaciones. 

Llegaron a ser conocidos y queridos,  consiguiendo vivir de su arte, incluso en los turbulentos años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Mengele En 1944, mientras actuaban en una Hungría ocupada, fueron detenidos y enviados a Auschwitz-Birkenau, donde despertaron el interés de Josef Mengele, el médico nazi, obsesionado con la genética, para el que los Ovitz constituían todo un tesoro científico. Mengele estaba fascinado por la posibilidad de estudiar a una familia completa con enanismo y compararla con sus hermanos de estatura normal. 

Y por que no existir mal que por bien no venga, aunque en esta ocasión se trate de un bien que incorpora su calzador, nuestros bajitos fueron preservados para experimentos, lo que paradójicamente les salvaría la vida.  

Los experimentos Los Ovitz fueron sometidos a exploraciones crueles y absurdas:  todas ellas sin anestesia ni propósito que las justificase. Mengele no sabía qué buscaba, por lo que repetía pruebas por pura obsesión. Aun así, los Ovitz sobrevivieron juntos. Perla, la menor, solía decir con amarga ironía: “A mí me salvó el diablo, y que Dios se haga cargo de él.”   

Después del horror Cuando los soviéticos liberaron Auschwitz en enero de 1945, los Ovitz llevaban ocho meses en calidad de conejos de Indias, temiendo que Mengele, al aburrirse, acabase separándoles o matándoles. Pero lograron salir con vida. Tras la guerra, volvieron a los escenarios, recorriendo Europa e Israel, intentando reconstruir sus vidas, como muchos otros sobrevivientes. 

Con el tiempo acabarían estableciéndose en Haifa. Perla, la última superviviente, murió en 2001. Hasta el final de su vida se mantuvo fiel a una promesa hecha durante su estancia en Auschwitz: contar la historia de su familia para que nunca fuera olvidada.



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