viernes, 16 de diciembre de 2011

Un recuerdo

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En esta semana en la que se pretende incrementar nuestro grado de implicación respecto de la enfermedad de Alzheimer, que tomemos conciencia de su rápida progresión, que acabará sitúandola en los primeros puestos de prevalencia de nuestras enfermedades crónicas, se vuelve a recurrir a una simpática idea de marketing: la de donar o apadrinar recuerdos...

Más de 100 millones de personas podrían perder los suyos, de no avanzar convenientemente la investigación contra el mal de Alzheimer, en los años que nos quedan hasta 2.050. En este sentido nace el Banco de los Recuerdos, una iniciativa que pretende recoger fondos (1,20 Euros por recuerdo) para la investigación de esta terrible enfermedad neurológica. 

En línea con la idea quisiera compartir aquí, con vosotros, un determinado momento de mi infancia: se trata de un recuerdo recio y rudo, a la par que entrañable y simpático, como corresponde a un pasado que transcurre inmerso en la idiosincrasia de una España rígida y rural, durante la pasada dictadura.

Mi abuelo, aquél del que ya os he hablado alguna vez y al que debo las semillas de mi vocación, me dijo un día: 
-. Para ser médico hay que tener muchas agallas, no todo el mundo sirve... Al principio, para entrar en la facultad, tienes que superar unas pruebas muy duras...
-. ¿Como cuáles, abuelo?
-. Pues por ejemplo, tienes que tocar las vísceras de un cadáver con un dedo, y luego chupártelo...
-. ¡¡¡Puag!!!!, ¡¡¡Qué ascooooooooo!!!

Aquello consiguió traumatizarme durante largo tiempo. Yo deseaba ser médico, sí... ¡pero así nunca podría!... ¡Jamás sería capaz de superar semejante prueba!... ¡Imposible!... Ya imaginaréis el grado de frustración que una cosa así podría suponer para un niño y de qué manera podrían verse trastocados sus sueños...

Un día, andaba yo cabizbajo, cuando se me acercó mi abuelo...
-. A ver... ¿Qué te pasa?
-. Abuelo..., eso que cuentas de la prueba del dedo para entrar en Medicina... ¡Yo no podré hacerlo nunca!
-. ¡Claro que podrás!, tan sólo tienes que hacer lo que hacen todos...
-. ¿¿¿???
-. ¡Hacer trampas!
-. ¿Trampas?
-. ¡Sí, tonto!...Tú paseas el dedo índice por el cadáver, pero a la hora de llevártelo a la boca, te chupas el meñique... ¿entiendes?... ¡Nadie se da cuenta!
-. ¡Ahhhhhhh!...¡¡¡Pues claro!!!
No es que la solución me entusiasmase demasiado, aunque suponía una merma importante en el grado de dificultad...
...

Muchas gracias, abuelo, por la imagen de sempiterno bromista que dejaste en mi recuerdo... Aunque a veces, como en ésta y a fe mía, te pasaste cuatro pueblos...   :)))



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