viernes, 2 de diciembre de 2011

Orígenes de mi vocación

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En estos días en los que se sigue hablando de Memoria Histórica, de Francisco Franco y de su tumba en el Valle de los Caídos... En estos momentos en los que se pretende distraernos el interés con un añejo pasado, por inoportuno que resulte, en momentos de un traspaso de poderes en los que las consecuencias de la Crisis Económica deberían acaparar todo el protagonismo...

No dejo de recordar, admito que con la ternura que envuelve a los recuerdos de nuestra infancia, que el viejo dictador fue el principal aglutinador del núcleo de la que habría de ser mi vocación de médico. Aquellas tardes, de la mañana de mi existencia, en las que mi abuelo me sentaba sobre sus rodillas y entre otras cosas me decía:
-. Hijo mío... ¡Tú tienes que ser médico!... Porque el médico es el que más manda... Pongamos por caso: si el médico le dijese a Franco que se tiene que quedar en la cama... ¡Franco se tendría que quedar en la cama!... ¿Entiendes?...

Lo cierto es que no tengo claro si acababa entendiéndolo o no, pero fue así, con frases como éstas, como la figura del médico fue ganando puntos en mi consideración y despertando mi interés: a decir de mi abuelo ser médico debía de ser la leche en verso, el súmmun, lo más... Ya imaginaréis que las historias de Marcus Welby, el druida Panoramix y la de Marco buscando a su madre de la mano de su mono Amedio, se encargaron de hacer el resto...

Años más tarde tuve ocasión de conocer, por referencias bastante directas, al que había sido médico de cabecera de Franco: Don Vicente Gil, quién también fue reconocido médico de cabecera de un considerable cupo de pacientes, en el ambulatorio de la calle Modesto Lafuente (Madrid), y esposo de una consagrada actriz del momento, recientemente fallecida: María Jesús Valdés. 

Y admito que alguna vez me pregunté, desde la traviesa jocosidad en la que por momentos se sume mi imaginación, si se habría llegado a dar realmente el caso en el que Franco tuviese que guardar cama a regañadientes, por la facultativa orden de Don Vicente...

Ahora, muchos años después, las cosas no tienen -para los médicos- el brillo con el que me las pintaba mi abuelo, aunque a estas alturas no sería justo tenerselo en cuenta...



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