sábado, 10 de marzo de 2012

Doctor Yo

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Ayer tuve ocasión de vivir una experiencia que, por infrecuente, sentí como un diferenciado zambullido en la originalidad; una incursión de lo extraño en el terreno de la simpatía, una configuración esquizoide de lo personal: la de ser el médico ó el paciente, según se mire y el gusto, de mí mismo.

Por circunstancias que no vienen ni ayudan al caso me llamaron para pasar consulta, puntualmente y durante la tarde, sustituyendo al colega que desde hace años elegí como médico de cabecera y al que, por razones obvias y la fortuna de no padecer nunca de cosas realmente serias, prolongadas ni tampoco importantes, pocas veces o ninguna tuve ocasión de ir a ver en calidad de otra condición que no fuese la de compañero o amigo, siendo este último un sentimiento correspondido, por el que manifiesto sentir gran orgullo.

Por aquello del cuchillo de palo que suele encontrarse en casa de todos los herreros, es sabido que los médicos somos malos pacientes, por constituir unos pésimos enfermos: nuestro umbral de sensibilidad al dolor propio suele encontrarse bajo mínimos y desbordamos hipocondría por los cinco costados...

Se dice que en tales condiciones no hay Dios que nos aguante y, por cuanto pude constatar ayer: tampoco nosotros mismos...





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