martes, 28 de junio de 2011

La sopa fría

Hoy por hoy el Gazpacho pasa por ser uno de los platos más conocidos y apreciados de nuestra gastronomía, compartiendo un lugar de privilegio en lo popular y por codearse con la Fabada, la Paella, la Tortilla, el Jamon o el Cocido, en la consideración de cuantos turistas se han acercado hasta nuestras mesas. 

Con la llegada del verano el Gazpacho desplaza a todas las demás opciones, consagrándose como indiscutible número uno en lo que a oferta de nuestros restaurantes y demanda de sus clientes advenedizos se refiere.

Se le han atribuido multiples cualidades, algunas de las cuales trascienden lo meramente nutricional, llegandosele a tachar de hipnótico favorecedor de una buena siesta, y hasta de afrodisíaco, en el seno de planteamientos lógicamente más ludicos que científicos.

Me encanta el Gazpacho, como clarísimo exponente que es de la evolución de la sabiduría popular, adaptada a los frutos, los usos y las costumbres, el saber hacer y la climatología de nuestra tierra. 


La revolución experimentada en las últimas décadas en el seno de la restauración española nos permitió ampliar horizontes y conocer fórmulas de diseño, adaptadas a otros paladares y estilos, merced a la introducción de nuevos ingredientes como la sandía ó el fresón, aunque éstas no alcancen a ser más que ofertas que no van más allá de lo meramente anecdótico, imperando el gusto por la receta tradicional, que nunca existió como tal, ya que en cada casa se elabora un Gazpacho diferente.

Ahora bien, siempre he pensado que no sabemos comerlo. En la mayoría de los hogares que conozco no alcanzaría a ostentar el merecido rango de primer plato, al seguir ofreciendose como una bebida que complementaría al menú establecido. 

Puede que las relativamente escasas calorías que contiene (entre 100 y 200 por ración y dependiendo fundamentalmente de su contenido en pan y/o aceite) justificasen el que en la España rural y agrícola de antaño fuese así; más hoy no tiene sentido el que muchas familias sigan considerándolo "la bebida que acompaña a las comidas del verano", y no entiendan que tiene entidad suficiente como para ser considerado un excelente primer plato, en el sentido en que lo haríamos con una sopa fría.




Algo parecido ocurriría durante todo el año con nuestras ensaladas, aunque con una menor presencia en los meses fríos: en las mesas familiares de nuestro país, en nuestros hogares, aún no han conseguido la entidad propia que conquistarían, al aparcar el que aún parece su destino de mero complemento.


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