lunes, 21 de junio de 2010

T.I.G.

En vísperas de las diferentes celebraciones del Día del Orgullo Gay, una denuncia vuelve a saltar a la palestra de los medios de comunicación: determinadas clínicas siguen aplicando tratamientos contra la homosexualidad, basándose en una creencia que será errónea mientras no se demuestre lo contrario: la de pensar que se trata de una enfermedad.

Desde tiempos inmemoriales se siguen métodos con similares fines: desde el más antiguo electroshock, pasando por terapias basadas en el condicionamiento religioso ó las más recientes aversivas conductuales y las farmacológicas (Ludiomil, Dogmatil...). Los dudosos éxitos conseguidos hasta hoy sirven de justificación para los usuarios de tales prácticas y de bandera de los diferentes movimientos "Ex Gay", como "Exodus Internacional".

Hace poco tuve ocasión de recibir en mi consulta a una muchacha que me requería un volante para  acudir al ginecólogo. Tras mi interrogatorio sobre los motivos que le llevaban a solicitar tal prestación, no sin ciertas dificultades, conseguí que se sincerase con un: "---No me siento mujer, tengo disforia de género". Confieso que entonces no supe qué hacer, obviamente no es motivo de consulta diario...

Tras extender el volante para el ginecólogo no tardé mucho tiempo en volver a verla: había obtenido del segundo nivel más o menos la misma ayuda que en su día recibió del primero: poco más que ninguna. Afortunadamente, en esta segunda visita, algo sabía ya acerca del que habría de ser mi proceder: derivarla hacia la unidad que para atender los TIG (Trastornos de Identidad de Género) existe en el Hospital Ramón y Cajal. 

Los trastornos en la identidad de género van más allá de la mera inclinación sexual. En este caso se trataba del alma de un hombre, revestida con un fenotipo de mujer... Espero haber sido más útil con la segunda derivación.



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