martes, 26 de febrero de 2013

El pudor


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La vida no deja de darnos lecciones o de llevarnos a su repaso...

El pasado fin de semana sor Encarnación entró en las dependencias del Servicio de Urgencias sentada en una silla de ruedas. La acompañaban dos hermanas más jóvenes que parecían tratarla, a pesar de sus años, desde una cierta condescendencia materno-filial... Todas ellas vestían hábitos impecablemente planchados e inmaculadamente blancos...

Sor Encarnación se encontraba mal desde hacía un par de días, y aunque costó Dios y ayuda el acabar definiendo lo que en su caso podría significar "encontrarse mal", pudimos concretar su problema y llevarlo hacia el terreno abdominal: un cierto estado nauseoso y un mal definido malestar intestinal nos encaminaron hacia una dirección más concreta.

Pedí a las hermanas que me ayudasen a tumbar a sor Encarnación en la camilla y la dispusiesen para una adecuada exploración, para lo cual empezaron a desvestirla, si bien Sor Encarnación, con ese mayor pudor que le supongo a su vocación, no tardó en recolocarse inmediatamente la faja cuando intentaron bajársela...

Al ver la situación y por aquello de no forzar las cosas, opté por conformarme con el examen del abdomen a través de la prenda que tapaba su tercio inferior. Tras hacerlo, me dirigí a las tres hermanas en estos términos:
-. Me preocupa ese dolor agudo que presenta en el punto del apéndice, convendría que lo estudiásemos con más detalle y con el ánimo de descartar una apendicitis...
-. ¡Qué vaaaaa! -exclamó sor Encarnación-... ¡Si ya me la quitaron hace años!

Tras el comprensible "¡Tierra... Trágame!"..., la correspondiente moraleja a propósito de mi desencuentro con una cicatriz quirúrgica: "¡Para ver mejor, olvídate del pudor....!"


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