domingo, 23 de abril de 2017

Líbranos señor...



Hoy, día de San Jorge, celebramos el día del Libro...

No, nunca escribí ningún libro, aunque sí algunos post, de cuantos hoy quisiera destacar uno del contexto, el que publiqué precisamente un día como hoy, un 23 de abril, del año 2012.

Ni que decirse tiene que, a pesar de que pasaran cinco largos años, sigo pensando lo mismo...


ABRAZOS DEFRAUDADOS
23/Abr/2012

A estas alturas, con los 53 años esperándome a la vuelta de la esquina, me doy cuenta de que habré pasado una buena parte de mi vida abrazado a causas que parecían tener una mucho mayor nobleza de la que merecían, motivo por el que acabaron defraudándome cada vez que pude constatar el gradiente existente entre lo que ellas me prometían o yo las fantaseaba y lo que finalmente resultaron ser.

El ser humano tiene tendencia a idealizar lo que persigue, aspecto que contribuirá a mantener sus vínculos con la frustración: la siente cuando anhela un sueño, pero aún siente más cuando lo consigue.

Sirva como ejemplo la República, que los franceses conquistaron con la toma de la Bastille, en el inicio de su Revolución de 1.789, y que posteriormente simbolizarían personificándola en la figura de la preciosa Marianne. La Revolución les llevó a cambiarlo todo, a renegar de sus tradiciones y quemar instituciones... era necesario para construir el orden nuevo.

Mas bastaron pocos años y miles de decapitaciones para constatar que lo que habían imaginado como el fin de sus males no constituía más que el principio de un repulsivo Régimen del Terror. Desde el desbancado absolutismo de un Rey hubieron de desdecirse sacralizando el despotismo de un Emperador

Como niño del franquismo pasé mi infancia abrazado al sueño de la democracia: la imaginé como esa sociedad perfecta, que entonces no teníamos, de cuyas cornucopias manarían toneladas de libertad y soberanía popular. No fueron necesarios muchos años de monarquía parlamentaria para caer en la cuenta de que la democracia que había anhelado, la de mi adolescencia, sólo había existido alguna vez en mis sueños, o en los versos de los cantautores prohibidos del momento. En la que conocí -la de verdad, años después- se elegíría a los representantes en función de la calidad de sus mentiras, alineados en las cerradas listas de un bipartidismo y, por regla general, con el despropósito no de erigirlos, sino el de desbancar a aquellos que les precedieron en defraudarnos.

¿Acaso no es suficientemente representativo de nuestra permanente desilusión el hecho de que una buena parte de los mensajes publicitarios, aquellos con los que construyen las campañas electorales, se articulen en torno a la palabra "cambio"?. En los días en que escribo estas líneas y sin salir del país vecino, que usábamos para ilustrar el ejemplo anterior, François Hollande acaba de ganar la primera vuelta de las elecciones Presidenciales, a las que se presentaba como: "el candidato de aquellos que quieren pasar página"...

Como joven nacido en un país definido como de los de derechas de toda la vida, en el que los escasos intentos de aproximación hacia el otro bando habían sido aplastados con gran rotundidad, me abracé a la idea de un socialismo utópico en el que todos conviviríamos al son de una idílica igualdad

Bastaron pocos años de gobierno socialista, tras la victoria de Felipe González en el año 1.982, para hundirme en el desencanto que supuso constatar su pésima gestión de los fondos públicos, así como esa especial tendencia de algunos de éstos cachorros de la izquierda a desviarlos hacia intereses personales, constituyendo el bando de "los nuevos ricos"...

"El socialismo fracasa
cuando se acaba el dinero...
de los demás"
(Margaret Thatcher)

Con el socialismo incrustado hasta en las trancas de mi vida, me abracé con fuerza al sueño Europeo: me ilusionaba la idea de ser ciudadano del viejo continente, la cuna de nuestra civilización, y llegué a soñar con una Europa de los Pueblos, de la que brotarían toneladas de fraternidad, a borbotones que acabarían desplazando a la fría Europa de los Mercados... 
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Hoy y tras muchos años siendo europeo, desde el 1 de enero de 1986, con las noticias que me llegan cada día experimento la repulsión de saberme parte de un grupo de países, evolucionando a muy diferentes velocidades, más pendiente de los dictámenes de los mercados que del bienestar social, un continente en el que a diario se suicidan numerosas personas, ahogadas por tenazas que recortan sus derechos y bienestar.
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Desde que alcancé a tener uso de razón me abracé a la nobleza de la vocación de ser médico, por cuanto pensaba que pocas cosas serían más edificantes que la posibilidad de ganarte la vida ayudando a contener el sufrimiento de los demás. Me sedujo el romanticismo con el que se ha descrito siempre la labor del médico, sin imaginar que en este país distaba de una realidad mucho menos emocionante: la de hipotecar la práctica totalidad de tu juventud en el empeño de obtener un título; la de seguir peleando después, durante muchos años, para salir de la precariedad de unos contratos que, cuando los hay, te sientan en un despacho durante horas de enfrentamiento a pacientes que van desfilando cada cinco minutos, en un acto en el que las más de las veces no te requieren otra cosa que unos vales descuento o demás tipos de papeles, sin que apenas te quede tiempo para apartar la atención de un monitor, y poder mirarles a los ojos...

Siempre, desde que con motivo de los días de Unicef de mi infancia empuñaba una hucha con forma de chino o de negrito para, correteando por las calles del pueblo, pedir unas monedas para su causa, soñé con un mundo global en el que la justicia social campase a sus anchas, sin detenerse en fronteras. La globalización llegó y supuso la huida de nuestras empresas hacia países en los que la mano de obra viviría en un régimen de semiesclavitud, deslocalizando nuestra riqueza y minando nuestro bienestar social.
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En fin, me he pasado más de media vida abrazando sueños, sin reparar en el hecho de que todo aquello que yo miraba con los ojos del corazón, era dimensionado por el sistema desde el pragmático prisma, meramente economicista, de las billeteras. La voracidad del Capital lo acaba engullendo todo...


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