martes, 7 de enero de 2014

El Médico




Es cierto que fue en la Clásica Grecia cuando la medicina comenzó a echar mano de la razón, apartándose del pensamiento mágico-místico por el que se había regido hasta entonces: las enfermedades dejaban de ser castigos divinos o designios de un fatídico azar, para pasar a ser entidades que podían ser explicadas mediante la lógica.

La caída del imperio romano en manos de los bárbaros y el inicio de la edad media, a lomos de un exacerbado protagonismo de lo divino, suponen un importante retroceso respecto de todo lo que se había conseguido, conquistado o avanzado: las epidemias vuelven a ser manifestaciones de la cólera de los Dioses y los Reyes, ungidos por los más altos representantes de la Santa Madre Iglesia, alcanzan a tener el poder de curar con la simple imposición de sus manos...

No obstante en Oriente, ajenos a nuestra historia, no conocen la oscuridad de nuestro Medievo... Allí surgen figuras como la de Avicenas, capaces de retomar el conocimiento de los clásicos (Aristóteles, Hipócrates...) y avanzar desarrollando y perfilando sus conclusiones.

Avicenas (en persa Ibn Sina) nació en lo que actualmente se conoce como Uzbequistán. Sus estudios y conocimientos le permitieron alcanzar el rango de Principe de los Sabios (Cheik el Raïs) tal y como le llamaron sus discípulos muy merecidamente, por llegar a ser uno de los más grandes médicos de todos los tiempos. Su capacidad de observación y su actitud, básicamente critica para con los dogmatismos, le llevaron hasta lo que hoy consideramos grandes descubrimientos, como la traqueotomía, la descripción de la circulación menor (circuito pulmonar) o la vinculación de la peste con la rata negra, elemento primordial de la cadena de transmisión de este terrible mal epidémico.

Todo lo que se cuenta en la película El Médico, que podemos ver en estos días y que se basa en la novela homónima de Noah Gordon, es cierto... salvo alguna cosa -como diría nuestro inefable presidente Rajoy-... Lo más imperdonable, por ser concesión excesivamente costosa, quizá resulte el pretender otorgar el mérito de descubrimientos tan importantes como los que hemos descrito, a Rob Cole, el joven británico que protagoniza la historia, quedando la figura de Avicenas en la de un mero observador curioso que "pasaba por allí"...



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