domingo, 11 de septiembre de 2011

Una limusina en el estrecho

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Desde el inicio de la crisis que comenzó siendo invisible para una administración que acabó admitiéndola, no sin ciertos recelos, a título de "ligera desaceleración" y de la que enseguida se pretendieron adivinar los tallos verdes, he venido observando un incremento de las patologías de índole o vinculación laboral, en mi consulta.

La presión especulativa de los mercados en un mundo globalizado; el incremento del poder del empresariado en tales circunstancias y ante la pérdida del rumbo de unas fuerzas sindicales carentes de legitimidad para morder la mano de un gobierno, que a lo largo de los últimos años les vino dando de comer; el crecimiento exponencial de las filas de ciudadanos ante las puertas del INEM;... Son circunstancias que han propiciado el que en el medio laboral volviesen a aflorar razonamientos del tipo:
-. son lentejas...
-. es lo que hay...
-. si no te gusta, ya sabes adónde está la puerta...
-. si tu no quieres hacerlo hay miles que lo harían, y por menos dinero...

Son expresiones que vuelven a estar en boca de los patronos de medio pelo, aquellos que engrosan el nutrido grupo de "listillos" de los que siempre anduvimos sobrados y que tanto daño han hecho a nuestro país... 

No es de recibo, tiene difícil lectura y una poco benévola interpretación el que en una situación de profunda crisis como la que nos viene asolando, los artículos de lujo vean incrementadas sus ventas por encima de cantidades que serían razonables. En pleno siglo XXI resulta lamentable admitir que hemos creado un mundo que gira en torno al dinero, en lugar de hacerlo alrededor de los seres humanos, quienes en tal tesitura no alcanzamos a constituir más que meras unidades de explotación...

El pasado viernes María me comentaba sobre sus dolores de espalda, probablemente relacionados con la poco saludable postura que ha de mantener durante 10 horas diarias, valiéndose del tan poco ergonómico como recomendable mobiliario con el que le dotaron la oficina. Cuando le hablé de las bondades de ejercicios como el que constituye la natación, a la hora de fortalecer su musculatura paravertebral, y de la conveniencia de practicarlos con regularidad, se echó a llorar matizándome la imposibilidad de hacer nada, cuando cada día se pasa doce horas fuera de su casa...

El mismo día Luisa, deprimida, me recordaba la manera en la que le respondieron cuando comunicó telefónicamente la muerte de su abuelo: "Es la vida, a todo el mundo se le mueren familiares... Pero tú no debes dejar de abrir la tienda... Y si por un casual, esta noche, se te ocurriese cerrarla cinco minutos antes: ¡atente a las consecuencias!"...


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