sábado, 9 de abril de 2011

La rozadura

La paciente era de las que hace mucho tiempo abandonaron el grupo de los habituales, para pasar al de los que parecen considerar el Centro de Salud como una extensión de su casa: visitas demasiado reiteradas, las más de las veces innecesarias, y una excesiva demanda de recetas sobre la que nos vemos obligados a ejercer un tan exhaustivo como permanente control.... 

Por lo demás, suelen ser éstos unos pacientes anárquicos, sobre los que no puedes dejar de interrogarte acerca de la frecuencia de sus consultas, habida cuenta de que acaban haciendo siempre lo que les viene en gana, desoyendo indicaciones y consejos...

-. Buenas tardes, ¿Qué puedo hacer hoy por Ud.?
-. Es que me he puesto unos zapatos que me hacen daño, y tengo una rozadura en el pie.
-. Enseñemelo.
-. ¡Qué fastidio! ¡Tener que quitarme ahora los pantys!

Tras comprobar lo anodino de la lesión:
-. ... ¿Ud. no puede ponerse una tirita y cambiarse los zapatos por unos que no le hagan daño? ¿Necesita venir al médico para que le diga ésto?... 
El conocimiento previo de la paciente me lleva a pensar que no es precisamente alguien con quien se pueda razonar, por lo que acabo prescribiendo una crema para su rozadura...

Al día siguiente, vuelvo a verla sentada en la sala de espera. La ironía fue, que no fui yo, quien le dijo mientras entraba en consulta:
-. ¡Cuanto tiempo!

En la tarde del día anterior, y poco tiempo después de haber hablado conmigo, había ido con su rozadura al Servicio de Urgencias, dónde le habían prescrito otra crema y cuya receta oficial la paciente venía a pedirme hoy...
-. Verá... Se lo digo muy respetuosamente: por qué no cambia Ud. de médico?
-. ¿Pero... Por qué me dice esto?
-. Porque siento que no tengo la paciencia suficiente para ver como, reiteradamente, abusa Ud. del sistema y me falta al respeto. 
-. ...
-. ¡Ah! y la Crema que le prescribieron ayer, en Urgencias... ¡No la reembolsa la Seguridad Social!. 



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